¿Tienen flores los cerezos?
Conocer a Marcela era adentrase en un mundo paralelo al nuestro, su peculiar forma de pensar y y de actuar la hacían un ser extremadamente atrayente o terriblemente detestable. Prueba de ello eran esa lista de amantes, rollos de una noche (o varias) y parejas de corto recorrido. Su mutabilidad hacía que cualquier generalización fuera vana a la hora de describirla. Nadie sabía si era una persona dada a los demás, complaciente, o era un pequeño gran proyecto de diva, sobre un pedestal de egolatría. Puede que no fuera nada de eso y todo a la vez. Pero cualquier persona nos puede enseñar algo, por muy inclasificable que sea. Y su vida era un catálogo de historias de las que cualquiera podria sacar enseñan, excepto ella (un antiguo ¿novio? solía decir que ella nunca incluyó en su diccionario la palabra escarmiento). Durante una temporada estuvo saliendo con un grupo de amigos que coincidían en el "club de tejedores de sueños", lugar donde las fuerzas culturales del lugar se solían reunir para organizar charlas coloquíos, recitales, exposiciones y fumar kifi entre evento y evento. Por supuesto Marcela pronto mostró su disposición a "hacerlo todo", actitud que fue muy bien recibida por su nuevo grupo de amigos, sobre todo los menos jóvenes, que ya llevaban a sus espaldas suficientes actos organizados como para dar el relevo a la savia nueva. Pero como en este mundo nada es gratis, o así pensaba esta fuerza de la naturaleza de ojos cautivadores y expresión desconcertante, pronto comenzó a demandar una atención especial hacia ella como pago a su labor "impecable" dentro del grupo. Y si sus expectativas no se veían cumplidas, contenía por dentro una gran rabia que la indignaba sobremanera aunque no la expresara. Un día ya fue demasiado para ella y su indignación la arrastró a no querer contestar las llamadas de esos desagradecidos. Pronto llegó la oportunidad de llevar a cabo su plan. Una llamada una mañana de primavera, un numero conocido, el silencio tras el último timbrazo. Sintiéndose justiciera y resarciada al día siguiente, estaba llenando su cuenco de cereales a la mañana siguiente cuando un número con prefijo de Cáceres apareció en la pantallita de su teléfono. Curiosa, levantó el auricular y una voz conocida, veinticuatro horas antes vetada, le dijo: "Hola, Marcela. Somos nosotros. Hemos venido al Jerte, al sitio de los cerezos que nos comentaste. Te llamamos ayer para que vinieras con nosotros, pero no diste señales de vida. Chica, esto es alucinante". La cara de Marcela seguía sin mostrar una emoción clara, aunque ciertamente sintió frío en el corazón y sus ojos se humedecieron. De su boca sólo acertó a salir una pregunta en un suspiro "¿Tienen flores los cerezos?".
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